Este es el sueño de Adolfo, hombre maduro quien se ve caminando por una calle que le resulta familiar, pero algo es extraño. Las casas parecen más grandes, los colores más vivos, y su sombra proyecta un cuerpo pequeño. Se mira las manos y ve los dedos regordetes de un niño. El aire huele a pan recién horneado y a tierra mojada. Un escalofrío de nostalgia lo recorre cuando comprende: ha vuelto a su infancia.
El eco de risas infantiles lo guía hasta un parque donde una niña juega con un lazo rojo. Su cabello ondeado al viento y su risa es cristalina. Algo en ella le resulta profundamente conocido, aunque su memoria se niega a revelarlo de inmediato.
—¿Quieres jugar? —pregunta ella, ofreciéndole el otro extremo del lazo.
Él siente una extraña calidez en su pecho y asienta sin pensarlo. Corren, saltan, se esconden entre los árboles. En ese momento, el tiempo no existe, solo la sensación de liviandad, como si siempre hubieran estado juntos.
Mientras el sol se esconde, la niña se sienta en el columpio y lo mira fijamente. Sus ojos tienen un brillo extraño, como si vieran más allá del presente.
—Nos volveremos a encontrar —dice ella con certeza.
Él frunce el ceño, sintiendo que esas palabras encierran un misterio.
—¿Cómo lo sabes?
La niña sonríe, pero en su sonrisa hay algo más… algo que solo entenderá muchos años después.
—Porque siempre hemos estado juntos.
De repente, el mundo se disuelve en luces doradas. Todo gira y se transforma en recuerdos veloces: risas compartidas, promesas susurradas, el primer beso, un altar, una cuna meciéndose en la penumbra. Es como si su vida entera pasara ante él, mostrándole que cada paso lo había llevado hasta donde debía estar.
Cuando despierta, su esposa duerme a su lado, su cabello ondeado y enredado sobre la almohada. La observa en la tenue luz del amanecer y comprende.
Ella siempre estuvo ahí!. Desde el principio.
Y él, sin duda, está en el camino correcto.
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